Novela
1. Las Posesiones, Carlos Alvarado Quesada, Uruk Editores
Por Jorge Méndez- Limbrick para Literofilia
Carlos Alvarado, es quizá uno de los escritores jóvenes más prometedores de su generación. Siempre le he admirado su agudeza como narrador: una literatura inteligente, de fino humor, de técnicas narrativas impecables. Desde “La historia de Cornelius Brown”, con la que ganó el Joven Creación y en la que fui jurado siempre he apostado a su obra narrativa. En el 2012, Carlos Alvarado, publica “Las posesiones”. Una obra que se apoya en lo histórico pero, que tampoco pretende novelar la historia. Sino, que partiendo de hechos concretos, Alvarado va creando ese cosmos literario que llamamos novela. “Las posesiones” nos hace meditar en la condición humana, en las vejaciones humanas, el sentido de la vida y quizá lo más importante, en hechos atroces que no se deberán de repetir nunca más.
2. En la Oscurana, Rodrigo Soto, Ediciones Lanzallamas
Por Flora Ovares para Literofilia
3. Ojos de muertos, Guillermo Fernández, Uruk Editores
Por Emilia Fallas para Literofilia
La caracterización de los personajes es interesante también, pues ellos oscilan entre las dualidades humanas; por ejemplo, Pablo se mueve entre lo burdo —algunas veces— y lo sensible y reflexivo, otras: como representación de las confrontaciones existenciales que sacuden a la sociedad urbana moderna, y que, también, se presenta en los otros personajes.
4. Rafael Ángel Herra, D. Juan de los manjares, Alfaguara
Por Gustavo A. Chaves (Áncora, La Nación)
(…) “D. Juan de los manjares”, contiene un cierto “realismo” que de entrada la distingue de todo el trabajo previo de Herra: un macho seductor, de profesión publicista, se ve inesperadamente envuelto en los asesinatos de varias mujeres, cometidos todos con un cuchillo de cocina. El lector tendrá tiempo de sobra para descubrir que, junto con los bares josefinos y la cama de nuestro héroe, la cocina es el espacio central de esta historia de placeres y violencia. (…) Aquí, una vez más, Herra nos deja un guiño característico y abre la posibilidad de que seamos nosotros, voyeurs envidiosos y prestos a gozar del mal ajeno, quienes aportemos el golpe final a esta novela que –más por obsesión que por autoplagio– bien podría volver a llamarse Viaje al reino de los deseos.
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